Penella

El calor me estaba abrasando dentro se ese coche que avanzaba a toda velocidad.
A pesar de ello, viajábamos con los cristales bajados y sin gozar de los placeres de eso que se ha dado a conocer cómo “aire acondicionado”. Pues decía mi compañero que semejante y refrescante placer le irritaba la garganta y el aire haría revolotear el fajo de papeles que descansaban en sus rodillas.
Hacía apenas dos meses que me habían trasladado a la Brigada Especial y este iba a ser mi primer caso. Bueno, mi primer caso junto a mi compañero, él “legendario”  comisario Penella.

– ¡Malditos hijos de puta! ¡Siempre se están quejando de todo! ¿Pero tu has visto que carreteras? Y encima quieren la independencia. ¡Serán cabrones!
Todo corrección, pulcritud y cuidado en las formas. En otros tiempos, menos sutiles, habría terminado en el garrote, por anarquista. El nombre, genérico, que antes se daba a los incomodos. Pero esos tiempos en que el demonio  disparaba a ciegas las balas de la represión ya han pasado.
Y esto era lo que gritaba dentro del coche, os lo puedo jurar, ese quincuagenario bigotudo. Y todo eso mientras cogía frenéticamente con las manos ese manojo de documentos que hasta hacía nada habían reposado cómodamente en sus rodillas.
Empezó a escudriñarlos con el mismo frenesí que un enfermo leería la cura de su mal o que, quizás, un loco leería cualquier cosa, si leer fuera su manía.
Podría decirse, así os haréis mejor idea de como era Penella; que el echo de que el coche patrulla, a pesar de la velocidad, apenas se moviera, era más una molestia para él que cualquier otra cosa. Supongo que no gozaría de placer alguno, leer cómodamente sentado, sin bache ni socavón que añadiera emoción o dificultad a la tarea. Para mi compañero eso era puro astió.
Hay hombres a los que sólo mueven los retos, por decir algo positivo; de algún modo.
Como el viejo elefante africano, que un día, toma la determinación de refrescarse en una charca de rico barro y poner allí fin a sus días. Sólo que de golpe un inoportuno león aparece y puestos a morir, ¿que mejor manera de morir que matando?
Sí, Penella era un personaje de aquellos que hacen historia y en su caso y aunque fuera sólo para placer de unos pocos y “exquisitos” ojos, literalmente era así.
Ahora que está de moda, cómo tantas otras cosas que vienen y van, muchos de vosotros creeríais que acaso si pudiera ser como ese doctor de la tele. Pero no, no os engañéis. Penella era de ese género de hijos de mala madre que jamás podría caer bien a nadie. De esos que asustan sólo con una mirada. De esos que las mujeres evitan, pues saben que jamás podrán dominar. O mejor dicho, domesticar.
Pero, Penella no estaba para hacer gracias a nadie o colgarse medallas, para llenarse la pechera de estampitas, ya están otros, decía. Era directo, muy directo, gran conocedor de la ciénaga por dónde se movía. Eso mismo, ciertamente, lo hacía muy incomodo. Y a la vez útil para ciertos menesteres.
Sí Penella quería mujeres, se iba de putas. Contaban en los merenderos que incluso en cierta ocasión en una redada lo pillaron in fraganti. Justo a media faena. Y que en lugar de asustarse siguió a su breva hasta llevar al orgasmo, no menos de dos veces, a su compañera de corridas.
Aunque mal sería si no os dijera que en cierta ocasión, intimando, con el vigilante del garaje, no, no penséis mal; dejad me que os diga, que por muy especial que sea la brigada, lo cierto es que los medios son pocos y las plazas de parking a la sombra menos. Y con la primavera finalizando y el verano llamando a la puerta, que más daba un poquito de cháchara, ¿si bien me había de servir para alcanzar algo de comodidad?
Las conversaciones que tenía con ese tipo solían ser de lo más tópicas y insulsas, de esas que todos conocemos. La mujer, los niños, la niña que ya no lo era tanto y entraba en la edad de descubrir que con una sola mirada todo hombre de merecer caía a sus pies. Más adelante, o nunca, os contaré algo sobre la chavala. No quiero que penséis que lo que os cuento os lo digo de oídas. Para contertulios ya tenéis la tele-basura esa. Lo que yo os contaré mis ojos lo han visto, me lo han contado personas de “fiar” o me lo creo hasta dónde creer es prudente.
Vamos para entendernos, el tipo arrastraba la historia de siempre. La mujer le ponía los cuernos, los niños le hacían la vida imposible y la niña iba camino de convertirse en una fulana, si algún milagro no lo remediaba. Aunque esto tampoco importa mucho, cómo decía mi abuela:
– Dime niño. ¿Que buena mujer no ha sido antes una buena puta? No me seas tonto y tu haz como ellas. Folla todo lo que puedas!
Luego se me quedaba mirando con cara medio de pena. Pena, quizás, de descubrir en mi cara, en mi imbecilidad propia de la niñez. Que ignoraba el significado de aquellas palabras.
– Bueno, bien pensado, mejor que sigas así tonto como eres. Así la que te cace no tendrá que sufrir ni por bares, ni por alcohol ni por cuernos. Y recuerda lo que te digo: en la ignorancia está la felicidad. Eso, …, eso te lo digo por si te los pone ella a ti.
Yo os imagináis mi cara, con la boca abierta, la baba cayendo y sin entender porqué me alegraba que mi abuela me llamará tonto. Que habilidad, que genio, que sabiduría!Siempre me he maravillado de ese cambio, misterioso y prácticamente desconocido, que sufren las mujeres después de la menopausia. O puede que sea mi recuerdo infantil desviado. Pero, es que, no recuerdo a nadie más sabio que mi abuela y a nadie más perdido que mi madre.
Esa misma sabiduría trascendental y trascendente, la he observado, con admiración en todas las mujeres de cincuenta, sesenta años para arriba. ¿Como es posible que de un día para otro se despierte tamaña cantidad de conocimiento?
Puede, y estoy especulando, que las tareas de reproducción sean cómo un yugo para la mente de la mujer. Y liberada está de tan pesada carga, explosione liberando todo su potencial, que con seguridad os digo, no tiene parangón en la naturaleza.
Cómo podéis ver, mi abuela me enseño bien. También en las artes de la zalamería. Y esas artes las use con el vigilante. Este, deseoso de soltar la lengua, no tardo mucho en rebelarme alguno de los secretos que residían entre los muros de los edificios que nos rodeaban, los más importantes de Madrid.
Entre ellos me rebelo ciertas indiscreciones.
– Yo estoy muy tranquilo. ¿Sabes porqué? Mira, mi hija tiene un carácter de perros. No hay quien le diga nada y menos yo. A la mínima que puede me muerde. Y eso sólo quiere decir una cosa, que no folla. Seguro que todavía es virgen. No, no te rías, lo tengo bien, pero que muy bien observado. Cuando dejo a mi churri con ganas durante más de quince días, puf, se pone de un insoportable que no la aguanta nadie. Exactamente igual que Penella. Pueden decir lo que quieran en la brigada, pero Penella no folla. Que sí hombre! Lleva una buena temporada sin poner el hierro a remojar. Sí follara no tendría ese mal carácter que no hay quien lo soporte. Antes no era así! Si te contará yo. Uf, si me soltara… ni que fuera la mitad, saldrías corriendo y no volverías más por aquí. Y que quieras que te diga, está mal decirlo. Te lo digo solo como advertencia, no te lo tomes a pecho, chaval.
No le gustaba hablar ni nada al muy bocazas. Si le hubiera contado yo, que se de primera mano que su hija no era virgen. Y peor aún, que no era yo el que la había desvirgado. ¿Pero que se le va a hacer? Os recalco, en la ignorancia, o en cierta apariencia de ella reside la felicidad.
Entre esas me contó una cosa muy curiosa, un detalle, en el que sólo el había reparado, según él; y que con ayuda de su churri, que tenía afición por el espionaje (o que era una autentica maestra de marujas) había conseguido desvelar. Un detalle muy intimo de la vida de Penella.
Hacía cosa de un lustro, que cada diecinueve de abril, Penella llegaba como siempre a las seis de la mañana. Se dirigía a su despacho, sacaba una botella de whisky, indudablemente garrafón, y después de pegarse un par de lingotazos y distraerse con cualquier pasatiempo, salía pasadas las diez de la mañana, rumbo a nadie sabe donde.
Penella es hombre de costumbres y de costumbres fijas. Entiéndase inamovibles y gravadas en piedra. Así que mi “amigo” el vigilante ante esa rotura en la impertérrita rutina de Penella, no pudo más que sacar el hocico por la puerta para ver en que dirección partía el comisario.
Pudo observar como que se dirigía a paso ligero y se introducía en una floristería que está en el otro lado de acera a apenas cincuenta metros de la entrada del garaje. No lo vio salir, tuvo que volver a toda prisa al interior, ya que estaban a punto de llegar peces gordos a la audiencia y le requirieron por radio. Pero vista la escena, y visto que en los siguientes días no volvía a repetirse, decidió prepararse, con todos los medios.
Resulto inútil la espera y a la semana lo dejo. Pero hete aquí que al año siguiente volvió a repetirse la misma escena! A mi me diréis lo que querías, pero el aburrimiento y el sopor deben ser dos de las fuerzas que mueven el mundo.
En la próxima ocasión no fallaría! Maruja mediante averiguaría que había tras aquella violación del orden cosmico.
Llegado el diecinueve de abril del año siguiente mi amigo, ya listo, churri apostada con  el vehículo familiar, un Ibiza, justo delante de la puerta de lo floristería; se dispuso a desfacer el entuerto.
Penella repitió el ritual con exactitud propia de la mejor relojería suiza. Salió del garaje y se dirigió a toda prisa hacía la floristería. Y ahí se desvaneció, después de comprar una docena de rosas rojas. Nadie lo vio salir, nadie supo dónde fue.
Penella era el mejor. El mejor y lo sabía. El mejor comisario del estado. El mejor de la “Brigada Especial” y lo era por algo. El mejor y punto. Coño, era el puto dueño.
O al menos eso decía. ¿Y quién era yo para ponerlo en duda? ¿Desaparecer delante de las narices de dos aprendices de Sherlocks? Lo mínimo que se le podía presuponer.
Recuerdo cuándo me llego la nota de traslado a la comisaría de Cordoba. De la satisfacción que sentí y no era para menos, la de ascos y vergüenza que había pasado para llegar a conseguir ese traslado.
No fue poca mi desilusión al llegar al sótano de Carabanchel donde se escondía la Brigada Central. No, la verdad es que la Brigada Central no ocupa ningún sótano en Carabanchel, pero sí Carabanchel los tuviera, serían como los despachos de la brigada, que sí efectivamente residen en un sótano: los de la Audiencia Nacional. Alá, ya lo sabéis y también sabéis como son. Por si las imágenes de la Audiencia que habéis visto, por la televisión, os habían echo albergar alguna esperanza de grandeza.
Y mi desilusión no hizo más que aumentar. Se me asigno uno de esos despachos, llamemos-le cuchitril, donde en quince días no se paso nadie. Ahí fue, donde poco a poco mi ilusión de ascenso y grandeza se convirtió en derrota. Pues bien sabido es que amargar al funcionario es la mejor manera de quitarlo del medio.
¿Habría incomodado a algún superior? Puede que así fuera. Y que mi perseguido ascenso a la gloría del cuerpo, fuera sólo el primer paso dado para volver a la vida civil y quién sabe si a pasar horas de gordo guardia de seguridad o de investigador privado de mala muerte. Persiguiendo a alguna rica dama, que habiendo descubierto las verdades de la vida, perseguía ahora el amor y la felicidad donde antes había perseguido educación y posición. Creyendo, la muy estúpida, que la felicidad viene dada por la posición y la apariencia. Lista para pagar, amargamente, todos sus anteriores errores.
Pero entonces, cuándo ya tenía “las maletas a medio hacer”, fue cuándo por primera vez vi aparecer mi compañero, el comisario Penella.
– A sí. ¿Yo? Comisario Penella. Me llamas Penella. ¿El resto? ¿Total para que? No sirve de nada. Aprende a salir a flote si no quieres que está mierda te ahogue.
En ese sótano no había más que puertas de madera oscura y añeja sin rotulo alguno. Para evitar cualquier posible confusión o molestia o inconveniente, alguien había rotulado la palabra baño en una que se hallaba al final de un pasillo a mano izquierda. Y en otra de se hallaba justo en mitad de otras dos puertas, estaba escrita la palabra “Salida”.
Conocía a Penella de antemano, quiero decir, que cómo os decía había oído hablar de él. ¿Y que policía no ha oído algo de él? Penella era leyenda viva dentro del Cuerpo.
Por sí no lo sabíais él fue quién se pateo hasta la más remota selva de Birmania persiguiendo al “ex-jefe de los cornudos”, como, con sorna le llamaba todavía ante los mismos que nombraron a ese “gran hombre”, como también gustaba de llamarle.
¿Pero tu por que te crees que me mandaron a detenerle? ¿Por ladrón? Mira chaval, más ladrones son ellos. El “gran hombre” se río en sus caras. Les salpico con su misma mierda. Tenían que ponerlo a la sombra. No les quedaba más remedio.
En otra me dijo:
¿Delincuente? Ese tío es el más grande de España!
No fue confidente alguno, fue Penella. Invirtió treinta-y-seis horas. Ni meses, ni años. Cuándo corrió el rumor de que Penella había tomado las riendas del caso, todos sabíamos que esa historia iba a terminar y pronto.
Y así fue, nadie supo como pudo ser tan rápido. Aunque quien quiera que le conociera, ni que fuera de oídas, diría que el mismo Diablo había guiado sus pasos.
No un demonio ficticio, uno de muy real, él que se esconde en las entrañas del Estado. Uno al que Penella conocía muy bien. Uno, que según contaban en voz baja por la Brigada, había dejado más de una deuda pendiente de saldar con Penella.
– Tranquilo chaval. El Diablo no quiere amargarte. Sólo que ahora no somos necesarios y ojalá siga así mucho tiempo. Dicen que ha llegado una nueva remesa de colombianas a la ciudad. Chochitos de dieciséis años, veras tu lo caliente que lo tienen. Me han dicho que están esperando lenguas que se los refresquen.
Joder! No se cortaba un pelo. Ni ante los que le pagaban las nominas, deudores del mismo demonio. ¿Acaso no era Penella, al ser acreedor del mismo Diablo, peor que él? ¿Acaso no infligía, por eso, más miedo? Sea, pero a mi me lo daba. Y para que lo sepaís, no fui a ninguna parte esa noche.
Me han criado mujeres. Había salido con una chica. Y sólo con una… eso de follar pagando tiene mucho de misería.
El miedo me devuelve a lo que os contaba. Porqué miedo fue lo que percibí en los ojos del Mosso que abrió la puerta del coche cuándo Penella bajo y le espeto:
¡Las primeras 24 horas! ¡Las primeras 24 horas, son cruciales! Habéis invertido 10 horas para traerme a este pueblucho de mierda y quiero saber: ¿Por qué? ¡Y lo quiero saber, ahora!

Había dejado volar tanto mi imaginación, que ya estábamos en nuestro destino.
Todavía hacía más calor fuera del coche y un tremendo sofoco. Sudaba como un condenado y mi camisa azul marino, no ayudaba en nada a disimular los chorretones de sudor que brotaban de mis axilas.
– El nombre del pueblo. En árabe significa pantano o lago, debemos tener alguno cerca. Pero que calor! Ostia puta! ¿Que? ¿Hay alguien que hable mi idioma?
No sólo se había dado cuenta, si no que ya me había dado la respuesta. Algunos se conformarían con una risita. O con evitar la peste. Pero él me presento la respuesta a mi pregunta. Antes incluso de que me la hubiera echo.
Le dije al conductor, que apartará un poco el coche y que nos esperará en la siguiente esquina, apenas a cuarenta metros. Realmente de pueblucho poco. Parecía que dinero no faltaba. Por el tipo de casas y lo bien ornamentadas que parecían.
Sí que he de decir que era realmente pequeño. Por lo que había leído en el informe preliminar que nos habían proporcionado al bajar del avión, no más de mil habitantes.
Un lugar pequeño y pacifico. De esos donde nunca sucede nada. De esos donde uno puede esconderse con la absoluta seguridad de que cualquier actividad, si no levanta sospecha, permanecerá eternamente oculta.
No hacía más que preguntarme el porqué de nuestra rápida partida. Cualquier otro hubiera podido hacerse cargo del caso. Parecía que no había límite de medios y que hubieran reclamada a Penella sólo quería decir una cosa.
Penella es de esos perros sarnosos que se guardan en un rincón oscuro de las entrañas del Estado. De esos que sólo se sacan a pasear con la correa bien sujeta y el bozal bien atado. Un Leviatán debe sujetarse con firmeza, sin poderse permitir distracción o flaqueza alguna.
¿Pero para que engañarnos? Mañana no habría elecciones, ni tampoco pasado. Sí había que hacer limpieza: ¿quién mejor que él?
Y lo que había sucedido 10 horas antes había sido demasiado. Demasiado. Incluso para ese oso dormido que había resultado ser el Estado.
– No te olvides: “Demonio taciturno es él oso dormido”. Dormido cuando toca subir la paga, eso no lo dudes.
Y reía Penella cuándo me soltaba esa frase incomprensible. Cómo el sabio loco que ha rebelado el secreto del corazón de una mujer al hombre sediento de su cariño.
Pero el Estado, o demonio o el Diablo, como prefiráis, se había despertado. Y como cualquier oso que reposa en su cubil, como la bestia salvaje, que es, cuándo es turbada. El oso se había despertado para morder.
Penella era la quijada.
– El tridente del Diablo, eso soy. El tridente que se les va meter por el culo!
Decía él.
Debo deciros que jamás de los jamases me atrevería a confesarle este pensamiento, pero su lengua viperina era más cortante que cualquier tridente que cualquier demonio pudiera poseer. Nunca se rebelan esos pensamientos a un perro sarnoso. Pudiera morderte y contagiarte su rabia.
Yo había estado pegado a la televisión des de la primera noticia de lo que había sucedido. Había observado, como aquel que mira una película, cómo se habían ido desgranado los acontecimientos.
Primero incredulidad, porque eso no puede estar sucediendo y menos aquí. Ese tipo de cosas sólo ocurren en otros lugares o otras gentes. Por segundos te invade el estupor. ¿Por qué? ¿Quién podría ser capaz de semejante cosa? Te repites una y otra vez que eso no es posible.
Luego el horror permanecería congelado en la memoria.
Penella, se había hartado de esperar una respuesta del Mosso que permanecía pasmado delante de él, a pie de las escaleras. Penella, saco su puño y después le pego un empujón. Lo aparto a su derecha sin contemplación alguna.
Cuándo me hube repuesto de la escena pude ver como Penella había ya empezado a subir las escaleras ignorando al Mosso que se desgañitaba delante de mi. Le seguí. Y subí, también, las escaleras a toda velocidad.
Al llegar a la puerta del primer piso pude ver un remolino de mossos delante de una puerta que quedaba a mano izquierda. Penella ya estaba dentro. Lo vi entrar en una habitación.
– ¿Que tenéis?
Un mosso sin dirigirle ni palabra ni mirada alguna le alargo un papel que reposaba encima de la única mesa que había dentro de la habitación.
– ¿Sólo esto? El nombre y el DNI. ¿Dónde está el resto? ¿Quién lleva la investigación?
Morell, respondió otro de los mossos presentes.
Había visto cinco mossos en la puerta y ya estábamos todos dentro de la habitación. Siete personas en una habitación de apenas diez metros cuadrados. Casi un guateque. Ahí ya no quedaba prueba alguna. La habitación ya había sido “peinada”, tampoco importaba.
– ¿Morell? Mmm. Morell es bueno. Murmuro Penella.
Penella no soltaba piropos. Si el decía que ese tal Morell era bueno, es que era lo mejor que los Mossos d’Esquadra tenían en nómina. Seguro que otro perro sarnoso de su misma especie.
No hi ha cap cabell, ni empremta ni cap resta que ens pugui proporcionar cap rastre de ADN. Res que hàgim pogut processar. El teclat de l’ordinador, el ratolí, els monitors, tot és nou. Hem trobat les restes dels antics al pati del darrera. Trossejats i cremats. Aparentment els han banyat amb alguna mena d’àcid. Però fins d’aquí a quaranta-vuit hores no et podré dir si hi ha quelcom d’aprofitable. I encara pitjor, el número del DNI correspon a un dels “tractats”. La única sort es que hem arribat abans no acabessin de “maquillar-ho” tot. (No hay ningún cabello, ni huella dactilar ni ningún resto que nos pueda proporcionar algún rastro de ADN. Nada que se pueda procesar. El teclado del ordenador, el ratón, los monitores, todo es nuevo. Hemos encontrado restos del material antiguo en el patio de atrás. Troceados y quemados. Parece que los han rociado con algún tipo de ácido. Pero hasta dentro de 48 horas no te podré decir si tenemos algo. I todavía peor, el número de DNI corresponde a uno de los “tratados”. Nuestra única suerte ha sido que hemos llegado antes de que terminarán de “maquillarlo” todo).
Una octava figura había aparecido en escena, nos había estado mirando des de la puerta. No pude evitar el sobresalto al oír su voz. Penella no se inmuto. Permaneció quieto y pensativo, cabizbajo.
Mi catalán no era muy bueno. Imaginaos, soy de Cordoba. Bueno, de un pueblo que se halla a más o menos cincuenta quilómetros, Marmolejo. Famoso, por su balneario. Una delicia, ojalá pudiera estar ahí en lugar de en un pueblo perdido pasando calor. Y Dios, que calor. Mucho peor que cualquier canícula de las de mi tierra. La humedad parecía que quería partirme los huesos.
Mi novia, esa que descubrí que era única, resultado ser catalana. Bueno, no del todo. Había nacido en lo que ella llamaba la “Suiza profunda”, o para entendernos, la parte alemana no muy lejos del Tirol. Gracias a ella aprendí no sólo a entender algo de catalán, si no la “lingua franca” que los suizos de las diferentes cantones usan para comunicarse entre ellos, el inglés.
Aprendía mientras la escuchaba, en los largos paseos que dábamos por mi querida Cordoba. Como echo de menos esos momentos! Más que su oscuro cabello, sus ojos castaños, su mal carácter y sus salidas de tono. Más que sus dudas y sus ganas locas de enseñarme como funcionaba el mundo y lo que quería decir ser adulto. Cuándo lo único que yo quería aprender era ella!
En la plazuela donde reposa el Cristo de los Faroles, en cierta ocasión mi abuela me dijo: “¿Ves esos hierros retorcidos que rodean a Cristo? Esos hierros son como la voluntad de una mujer. Puedes recorrerlos con tus dedos ver donde empiezan y por donde terminan. Y aún así te maravillarás y te preguntarás como el artesano pudo dar vida a tal imposible. Sólo difiere de la voluntad de una mujer en su esencia. La voluntad de la mujer no está echa de hierro, si no de algo más voluble. Cuándo crea, la mujer, que has llegado demasiado lejos, si por alguna razón se siente atada, se desvanecerá ante tus ojos.”
Esos pensamientos, me dieron el tiempo suficiente para que mi mente recordara el término “tratado” y su significado. El Estado tiene muchos recovecos. Muchas esquinas oscuras donde se esconden ciertos especímenes. Penella, era uno. Pero había algunos peores que Penella, pues se mueven siempre en la sombra, en la más absoluta de las oscuridades.
No me refiero a agentes secretos o nada parecido. Estos cuándo “cuelgan sus batas”, como gustan de llamar. Vuelven a la vida convertidos en ciudadanos como cualquier otro.
No yo me refiero, a ciertos individuos que viven, no por encima si no, aparte de la ley. A ellos se les asignan los DNI “tratados”. Con números imposibles, manera por la cual las fuerzas “visibles” del Estado identifican a estás oscuras sombras. Una forma “elegante” de quitar inconvenientes multas de trafico o evitar situaciones “comprometidas”.
Volví a mirar el rostro de Penella. Y en el se dibujaba una inequívoca mueca de preocupación.
Apenas diez horas y media antes una se esas sombras se había vuelto loca y había mordido la mano de su dueño: el mismísimo Diablo.
– ¿Hacía donde crees que habrá ido? Pregunto Morell, todavía desde la puerta y dirigiendo una severa mirada a Penella.
Penella, levanto la cabeza y miro a su alrededor. Describió un círculo de trescientos sesenta grados sobre si mismo, mientras no paraba de subir y bajar la cabeza. Dirigiendo su mirada a todos los rincones y a cada uno de los objetos presentes en la habitación. Finalmente dijo:
– Es un escenario. Le gusta el teatro. ¿Sabes de algún lugar donde se puedan encontrar buenas carteleras en está época del año, Morell?
Morell, sonrió.
Respiré y me propuse subsanar el error de la mejor manera. Memorice todo aquello que me pareció de importancia. Repasé mentalmente los objetos que se mostraban a mi vista.
¿Un abrecartas? – Dije. – ¿Que tipo de amante de las maquinillas pierde el tiempo en comprar un abrecartas? ??Y no uno cualquiera. Justo dónde la empuñadura deja paso al filo se podía leer un nombre: Toledo.
Hay cinco Toledo en España. Y por lo menos once más en el resto del mundo. Murmuro Morell.
Pero sólo una en dónde claven una espada en un pedazo de carne. ¿No te parece demasiado corto para ser un abrecartas? – Me dijo Penella sonriendo.
Su expresión cambio al momento y dirigiendo su mirada a Morell soltó lo siguiente:
– Diez horas perdidas. Nos volvemos a Madrid, chaval. Mierda! De todo esto sólo va a salir una cosa buena. En unas horas sabremos como es su cara, ahora. No te preocupes  – me dijo – ha huido, pero lo acabaremos atrapando. Como a todos.