Jot Down Cultural Magazine | Nueve películas que (casi) nadie vio pero que (casi) todos deberían haber visto

Nota: Este es un repaso sui-generis al 2012 cinematográfico. Las películas no respetan ningún orden en particular, se han incluido un par de documentales y se ha intentado respetar las restricciones cronológicas (si una película se había estrenado en 2011 en otra parte del mundo pero en 2012 en nuestro país o ni siquiera se había estrenado quizá te la encuentres en esta lista). No hay diez películas porque el diez es un número antipático, supuesto paradigma de la perfección que usaban para coaccionar a los niños de mi generación en las escuelas.

Martha Marcy May Marlene

Los que en 2010 en el festival de Cannes tuvieron el tiempo y las ganas de acercarse a ver Mary last seen (en la sección de cortos del certamen) no debieron sorprenderse demasiado cuando el director, Sean Durkin, se alzó con el máximo galardón de la categoría. Tampoco debieron alzar la ceja con el estreno de su largo al año siguiente en Sundance: Martha Marcy May Marlene (MMMM). Sin embargo, para el resto de los mortales, los que respiran de lejos el circuito de los grandes festivales cinematográficos, el filme de Durkin es poco menos que un milagro: hecho con cuatro dólares, con una protagonista de apellido sospechoso (la fantástica Elizabeth Olsen) y un actorazo de primera (el impresionante John Hawkes), esta historia de sectas —poco menos que interiorizadas— cuyo líder no deja de ser un calco de aquel racista chiflado llamado Charles Manson es todo lo que se le puede pedir a un drama que rezuma horror por sus poros. Seca, cortante, tan agradable como abrazar a un cactus, MMMM es un bosquejo de la ansiedad que provoca el pasado, ese enemigo de corte hijoputesco que se esconde en las cicatrices, esperando a mordernos el gaznate a poco que bajemos la guardia. Además, articulada en base a flashbacks que llegan sin avisar, MMMM corroe al espectador hasta ponerlo en una posición tan incómoda como la de la protagonista. ¿Cómo encajar en un mundo del que siempre hemos querido escapar solo para toparnos con un infierno imprevisto?. El tenebroso viaje de vuelta es la perfecta excusa para disfrazarnos de voyeurs y observar el lastimoso (y aterrador) devenir de un ser humano —casi— echado a perder. Lo de Hawkes es para darle de comer aparte, como siempre: esa escena músico-festiva donde el líder coge la guitarra sea probablemente una de las escenas más intensas del año. Y acojona, vaya si acojona.

Sound of my voice

A los cinéfilos que siguen el día a día de los indies con posibles no se les ha escapado el nombre de esta rubia con cara de interrogante que además de actuar escribe (y cómo escribe). Brit Marling, que así se llama la criatura, ya tocó la moral con Another earth, un cuento de ciencia-ficción con hechuras de drama y repite ahora (más y mejor) con Sound of my voice. La película, un complemento maravilloso para la anteriormente comentada MMMM, se sitúa también en el escabroso mundo de las sectas pero con tono muy diferente. Estructurada como una fábula de ciencia-ficción de baja intensidad (no hay dinero para chorradas tecnológicas, en la línea de Primer, y un concepto rotundo es el esqueleto básico del relato) donde dos periodistas se proponen desenmascarar a la líder de una secta (la propia Marling) que afirma haber llegado del futuro, del 2054 para ser exactos. La —elástica— reflexión sobre la fe, el mesianismo o el pozo sin fondo que es un ser humano en horas bajas se mezcla con apuntes dramáticos y retazos de thriller hasta llegar a un extraño desenlace que dejará pajareando a más de uno (a un servidor le mosqueó en grado sumo). Marling está ahora preparando una película sobre las alcantarillas del anarquismo radical y si sigue enroscándose como hasta ahora en torno a un lenguaje (tanto visual como literario) tan simple que parece un maldito jeroglífico (“soy del futuro, no una santa” afirma su personaje en Sound of my voice antes de encenderse un cigarrillo) se va a convertir en un referente imprescindible para los que gustan de las tramas con agujeros (por voluntad propia, que no por desidia) en los que meter la cabeza. ¿Rubia y de culto? Probablemente.

Bullhead

Buceando en los territorios del inevitable Taxi driver pero con la pinta de un Schwarzenegger psicótico, Matthias Schoenaerts puede presumir de haber entrado en el inconsciente de los que hayan visto su brutal interpretación en Bullhead. Imposible olvidar a este bruto de pocas palabras, pasado de priva, anabolizantes, hormonas y sobrado de masa muscular, que recorre una y otra vez el camino hasta su infancia (donde —básicamente— le jodieron la vida) en uno de esos pueblos que solo aparecen en las noticias cuando se cargan a alguien. Bullhead, una suerte de heredera del Peckinpah más directo, es el debut del realizador Michael R. Roskam (ahora preparando una serie para HBO con producción de Michael Mann) y los que la hayan visto pueden dar fe de la contundencia que asoma detrás de una historia más bien sencilla, donde la venganza no es ninguna opción porque —literalmente— no es posible consumarla. Como consecuencia, cualquiera puede ser el potencial objetivo de una bestia que embiste una y otra vez pero que Roskam convierte en un hombre por el que sentimos auténtica pena. Ahí reside —probablemente— la monumental fuerza de este filme sobre un montón de don nadies que no son capaces de advertir el polvorín sobre el que se sientan. La explosión final —no hay adjetivos que le hagan justicia— pone Bullhead en la larga lista de película malditas (por crudas) que nunca encontrarán su camino al multisalas. Del mismo modo, aun con etiquetas como “cine negro” o “drama criminal” es difícil concretar qué demonios es Bullhead más allá de la definición del propio protagonista en los primeros segundos de la película: “Siempre estás jodido. Ahora, mañana, la semana próxima o el año que viene, hasta el final de los tiempos, jodido”.

The invisible war

Este año ha sido un paraíso para los amantes del documental, de los (estupendos) How to survive a plague a 5 broken cameras, pasando por el (estratosférico) Mea Maxima Culpa o el (impresionante) The gatekeepers. Cada uno tiene sus méritos, alguno como The gatekeepers consigue poner a media docena de capos del Mossad largando sobre Israel, el estado más hermético del mundo por lo que respecta a sus servicios secretos con permiso de China y Corea del Norte; otros como Mea Maxima Culpa destapa un escándalo en una escuela para niños sordos gestionado por un cura pederasta que abusó de ellos “a cientos” según Alex Gibney, el director, comisionado por HBO para el asunto.

Ahora bien, si hay que escoger un solo documental de 2012 este debería ser The invisible war. La pieza de Kirby Dick sobre la plaga de violaciones que ha asolado el ejercito estadounidense en la última década (se habla de 20.000 al año, cifra tan brutal que es difícil concebirla). Concebida en torno a una docena de soldados (once mujeres y un hombre) que deciden dar un paso al frente y hablar a cara descubierta frente a un objetivo que se antoja invasivo ante lo íntimo de los relatos, The invisible war es una bomba de relojería tan descomunal que después de verla el secretario de defensa de EEUU, Leon Panetta, ordenó una investigación al más alto nivel y empezó los trámites para cambiar la ley (el código militar impedía a las víctimas acudir a los tribunales civiles y las obligaba a denunciar los hechos a los mandos de sus respectivas unidades). El documental se hace insoportable a medida que las víctimas desgranan las humillaciones a las que fueron sometidas: una de ellas fue condenada por adulterio ya que su violador estaba casado (no es ninguna broma, aunque debería serlo). Ante tal montaña de infamias e injusticia, Dick se limita a dibujar un relato tan atroz y aterrador que al final del documental, qué remedio, no hay otro consuelo posible que la justicia.

The hunter

La premisa del filme es más bien simple. Un tipo, cazador profesional (imaginamos que de animales aunque a lo largo de la película pueden imaginarse todo tipo de matices) recibe el que pueda que sea su encargo postrero: perseguir al último tigre de Tasmania, conseguir todo el material genético posible, destruir el resto, y entregar las muestras a un poderoso grupo farmacéutico. Un encargo —a priori— que solo requiere de paciencia y buena puntería, algo de lo que el tipo parece disponer en cantidad apreciable. El problema es que Tasmania no es el mejor lugar del mundo para ser un forastero y que los locales no parecen demasiado contentos con la llegada del cazador, aunque este afirme ser un científico. Luego se cruzan en el camino del solitario portador del rifle unos chavales y su madre, y lo del tigre de Tasmania pasa a la cola de las prioridades del forastero. Willem Dafoe (siempre Dafoe, ¿qué comerá este hombre?), Sam Neill (otro que tal) y la estupenda Frances O’Connor interpretan al trío protagonista de un drama más seco que un Martini de mojama, paciente, descarnado (donde la violencia es —casi— siempre en off) y frío como un invierno en Alaska. The hunter es un ejemplo de cine sobrio, sin aditivos, sin aderezos. Un cine que ya no vende porque no lleva hombreras y porque —realmente— cuenta una historia más vieja que la vida a un público más enamorado de los mecanismos del marketing que del séptimo arte. Producen la película (y no es casualidad) dos personas llamadas Liz Watts y Vincent Sheehan, que ya pusieron sus nombres en un peliculón de 2010 llamado Animal kingdom. Dios los bendiga.

Seeking a friend for the end of the world

Lo reconozco, este título esta aquí por lo que podría haber sido más que por lo que es, contradicciones que tiene uno. En primer lugar tiene a Steve Carell, un hombre por el que tengo una debilidad ciertamente enfermiza; en segundo lugar tiene a Keira Knightley, que me parece una actriz siempre interesante (se aceptan epítetos negativos, faltaría más) y en tercer lugar tiene a un actor de El ala oeste de la Casa Blanca que me fascina. A este último no voy a nombrarlo porque sería hacer un gran spoiler. Pero sobre todo lo que tiene esta película de Lorene Scafaria (una señora a la que hasta ahora no tenía el gusto de conocer) es un humor negro del carajo. Seeking a friend empieza con el anuncio por la radio de un locutor anunciando que el último intento por desviar el gigantesco cometa que se acerca a la tierra ha fracasado y que al planeta tierra le quedan dos semanas de vida. A continuación añade: “y ahora, un poco de rock ‘n roll”. Ese humor socarrón, de normandos y sajones, más inglés que el té de las cinco, metido en una película americana parece un delicioso desbarajuste. Fiestas de clase media con kilos de heroína, orgías en los restaurantes de carretera, asesinos a sueldo que siguen fieles a su trabajo y una galería de personajes que hubieran horrorizado a los Monty Python (incluyendo un genial cameo de William Petersen) convierten la primera hora de esta película en un festival de sonrisas congeladas casi tan grandes como la nariz de Carell.

Luego, pues es otra cosa, y —sí— se puede ver, pero ya no es lo mismo. Pero esa primera hora, señores y señoras, con el planeta que se va a tomar por el recto y donde lo único que queda es desparramar… si el final del mundo fuera así se acabarían las entradas en un plis-plas.

Kill list

Ben Wheatley. Es un nombre que vamos a oír muchas veces a lo largo de los próximos años. Wheatley trabajó en uno de los shows de Steve Coogan y aunque solo sea por eso merece el mayor de los respetos. Wheatley presentó además en el último festival de Sitges la espléndida Sighseers, una fábula cuasi costumbrista tan divertida como salvaje. Pero Wheatley (a eso vamos) se encuentra en esta humilde lista por un motivo obvio: Kill list. Algunos/as la pudieron ver en 2011 pero el grueso de la cinefilia europea y estadounidense pudo echarle el ojo a principios de 2012. Mucho se ha hablado de esta peli que hubiera podido firmar el mismísimo Polansky cuando era joven y le iba la marcha, y que en cierto sentido bebe tanto de La semilla del diablo como de los libros de Ramsey Campbell (Y de Los sin nombre en especial). Kill list arranca de modo harto borroso: dos colegas reciben un encarguito en forma de lista con objetivos a los que hay que eliminar. Así que el dúo emprende viaje para liquidar a los liquidables. Lo siguiente, de torcido pasa a insano y de ahí a la locura absoluta, como un exorcista que se ha dejado la biblia en casa y tiene que combatir al maligno a base de improvisaciones. No es solo la aparición de un factor imprevisto (como a la antes mencionada Brit Marling a Wheatley le encantan las tramas de gruyere) sino la visualización brillante, falsamente casual, de ese descenso a un pozo embarrado como la campiña escocesa después de una semana de lluvia. A golpe de martillo y escoplo el realizador se mete en la cabeza del espectador y le clava en el hipotálamo un final grandioso, terrible. Kill list sea probablemente una de las pelis más subversivas del año, perversa y juguetona, no apta para espíritus perfeccionistas pero directa heredera de ese terror engendrado por criaturas como Kubrick, Cronenberg o Lynch. Una auténtica joya.

Warrior

Nick Nolte, Joel Edgerton, Tom Hardy y Frank Grillo. Pues ni por esas: Warrior se estrenó en España directamente en Canal + después de haber pasado como un huracán por el Reino Unido y haber vendido dvds a porrillo a los dos lados del Atlántico. Es fácil imaginar las disquisiciones de los posibles compradores de Warrior ante el filme: “¿Una película de acción donde los personajes hablan y lloran y tienen hipotecas? Inaceptable”. Warrior, gigantesca reflexión sobre si huir o quedarse, sobre ese momento en el que solo queda darse por vencido, sobre si la furia es más poderosa que el peso de la inmovilidad.

Nolte, borracho, declamando Moby Dick, bramando el nombre del capitán Ahab, ese cretino y su maldita ballena. Hardy, cabeza gacha, espaldas de luchador de sumo, fuerza pura (este tipo le arrancaría la cabeza a Bane), arrojando monedas al rostro de su progenitor en una de las escenas más brutales del año. Edgerton, rostro limpio (el mismo que le confería la autoridad moral para comandar a la troupe de Animal Kingdom), aplastado por el peso de la pasta, consciente de que solo rompiendo huesos en los parkings de los clubs de strip-tease tendrá una oportunidad. Arruinados, desertores, borrachos, perdedores todos, acunados por la banda sonora de The national (ahí es nada), de cabeza al infierno, o al paraíso. A una pelea de la salvación o de la eterna penitencia. Pues nada: Rocky un Oscar, Warrior una nominación (para el inmenso, bestial Nick Nolte; qué vejez la de este actor). Rocky, un mito urbano. Warrior: a la tele.

Así pues un filme a recuperar; una vez, y otra, y otra. Hasta que no quede ni un cinéfilo sin haberla visto.

Witness

Este es un producto televisivo… bueno, no, es de HBO, lo cual le confiere de entrada algo parecido a un podio. Witness es un especial de cuatro capítulos cuya premiere (aunque la mitad de la crítica acreditada ni siquiera se enteró, ni con el propio Michael Mann ejerciendo de maestro de ceremonias) se produjo en el festival de cine de Venecia. Allí pudo verse Libia, el primero de los cuatro. Michael Mann produce aunque el verdadero cerebro es David Frankham (de sus conversaciones/discusiones con Mann HBO podría hacer un libro, off the record). A Libia le siguen Juárez, Río y Sudán (para el que este firma el más potente de los cuatro). No son perfectos, les sobra banda sonora, el de Río es el más desequilibrado y hubieran agradecido un montaje menos agresivo. Dicho esto: Witness es la pera. Probablemente desde aquel libro llamado El club del bang bang (donde se explicaba con calma el porqué del suicidio del fotógrafo free-lance Kevin Carter después de la famosa imagen del buitre) no ha habido mayor homenaje a la figura del fotógrafo de guerra, dejándoles a ellos (y no al narrador, una figura en la que este país parece tener una obsesión peculiar) explicar su decisión de jugarse la vida por cuatro perras en conflictos olvidados por los grandes grupos periodísticos del mundo. Sus respuestas, sus inquietudes, no tienen nada de simples y salen sin embudos, sin corrección política, sin ambages. Por eso este documental por cuadruplicado merece la mayor de las atenciones, porque por una vez el objetivo les apunta a ellos y no al revés. A lo mejor lo compra el Plus y podemos verlo. A lo mejor no.

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